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♥ 19
invisible
pele
Nos reímos del meme, pero es una trampa en la que caigo seguido: creer que para enamorar a alguien hay que entregarle todo tu tiempo y atención. El problema es que, cuando lo hacés, asfixiás.
Siendo sincero, mi cabeza no es un lugar fácil. Tengo TDAH, convivo con la depresión, ansiedad el estrés, muchas voces en la cabeza y una herida de abandono desde chico y el fantasma de cuando te mienten y te cambian por otro. Ese cóctel te vuelve experto en sobrepensar. Por eso, cuando alguien me interesa, mi cerebro se hiperenfoca a todo o nada. Paso de cero a cien y termino dando de más. No por romántico, sino por el terror a que me suelten la mano de nuevo. Creo que si no doy el 100%, no voy a ser suficiente.
Pero esa intensidad me funde. El sistema se satura y me aíslo para regularme y silenciar la ansiedad. La gente cree que me alejo por desinterés, pero la verdad es otra: me aíslo para no perderme a mí mismo entre tanto ruido mental.
En redes parece que hay que tener la vida resuelta. Mi realidad es distinta: soy solitario y mi día a día es cuesta arriba. Mi refugio es aislarme frente al monitor, tirando código y haciendo experimentos con IA. Pero a veces es una rueda de hámster: estoy tapado de laburo intentando que la plata alcance, cargando con la culpa inmensa de no tener la energía que quisiera para compartir más con mi hijo. Esa es mi pelea diaria.
Entendí (a los golpes) que dar espacio no es un jueguito tóxico de hacerse el difícil. Es frenar mi intensidad. Es aceptar mi necesidad de aislarme para sobrevivir y no usar al otro como parche para heridas viejas.
Y el facto definitivo, el que duele pero sana: Darlo todo por miedo a que te engañen o te abandonen no es amor, es trauma. Asfixiar a alguien regalándole tu tiempo para asegurar que no se vaya no te hace inolvidable, te hace invisible. Porque cuando te vaciás intentando retener a alguien, dejás de existir. Y nadie elige quedarse con alguien que ya se abandonó a sí mismo.
Siendo sincero, mi cabeza no es un lugar fácil. Tengo TDAH, convivo con la depresión, ansiedad el estrés, muchas voces en la cabeza y una herida de abandono desde chico y el fantasma de cuando te mienten y te cambian por otro. Ese cóctel te vuelve experto en sobrepensar. Por eso, cuando alguien me interesa, mi cerebro se hiperenfoca a todo o nada. Paso de cero a cien y termino dando de más. No por romántico, sino por el terror a que me suelten la mano de nuevo. Creo que si no doy el 100%, no voy a ser suficiente.
Pero esa intensidad me funde. El sistema se satura y me aíslo para regularme y silenciar la ansiedad. La gente cree que me alejo por desinterés, pero la verdad es otra: me aíslo para no perderme a mí mismo entre tanto ruido mental.
En redes parece que hay que tener la vida resuelta. Mi realidad es distinta: soy solitario y mi día a día es cuesta arriba. Mi refugio es aislarme frente al monitor, tirando código y haciendo experimentos con IA. Pero a veces es una rueda de hámster: estoy tapado de laburo intentando que la plata alcance, cargando con la culpa inmensa de no tener la energía que quisiera para compartir más con mi hijo. Esa es mi pelea diaria.
Entendí (a los golpes) que dar espacio no es un jueguito tóxico de hacerse el difícil. Es frenar mi intensidad. Es aceptar mi necesidad de aislarme para sobrevivir y no usar al otro como parche para heridas viejas.
Y el facto definitivo, el que duele pero sana: Darlo todo por miedo a que te engañen o te abandonen no es amor, es trauma. Asfixiar a alguien regalándole tu tiempo para asegurar que no se vaya no te hace inolvidable, te hace invisible. Porque cuando te vaciás intentando retener a alguien, dejás de existir. Y nadie elige quedarse con alguien que ya se abandonó a sí mismo.